Esa mujer se asomó por no se donde
y acarició con su mágica varita
las heridas lacerantes de esta vida,
convirtiendo los quejidos dolorosos
en las flores olorosas de esperanza,
convirtiendo los faroles prohibitivos
en semáforos verdes de tolerancia,
espantando lluvias ardientes de odio,
abriendo puertas doradas de cordura.
Esa mujer se asomó por no se donde
secando con los pétalos de su lágrimas
cualquier lloro de tristeza y de amargura.

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