POEMA Nº 3
El humo oscurecía el
corazón de Dios,
el ruido que la muerte dejaba en los oídos del
viento
helaba el alma de la
bahía con sus olas encrespadas.
El entorno lloraba tan
suave que sus lágrimas
jamás se confundirían,
entre el odio opaco,
con el silbar macabro
de las bombas asesinas.
Ni una sola gaviota era
síntoma de vida
y el sol escondido tras
las emociones del miedo
quemaba el pensamiento,
mortal herida,
arrasaba para siempre
la serena recuperación
de la vuelta a la
calma. Desapareció el tiempo.
Y el futuro no pudo
mostrar los muertos.
Si acaso la crueldad en
los espacios desiertos.

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