Volver a nacer
en el río eterno
de la corriente del agua,
en el frescor de sus orillas.
Volver a nacer
en el trino dulce
del pájaro que madruga
su canción en la mañana.
Volver a nacer
en la amistad añorada,
en el infinito altruismo
que relaja
la siempre perenne búsqueda
de la tranquilidad del alma.
Volver a nacer
lejos de la lucha,
volver a nacer
alejado en la discusión,
mucho más allá de la guerra.
Volver a nacer
en las gotas de rocío.
Volver a nacer
entre el cielo de la paz,
suave y pegajoso almibar
de la rutilante fiesta
del baile de las estrellas.
Volver a nacer
en la sublime explosión
del rojo carmín de tus labios.
Volver a nacer
poco a poco, volver a nacer...,
volver a nacer
en la playa
renovada de tu vientre,
en el vello sedoso y cálido
de un negro triángulo de amor.
Volver a nacer
del beso, de la tierna pasión,
de la unión de sentimientos infinitos,
de los cuerpos sensibles
al abandono y al amor.
Volver a nacer
en las alas del ave que remonta
el vuelo y lleva recados a Dios.
Volver a nacer
en la pureza, en el candor
del confiado amador,
amenizador singular de la soledad.
Volver a nacer
en la estela recta
que no quiere hacer edad.
Volver a nacer
en las cosas,
volver a nacer
en el fuego que se apaga,
volver a nacer
en el agua que se extingue,
volver a nacer
en el terciopelo de tu piel.
Volver a nacer
en el día que despierta
después de dormirse en su noche.
Volver a nacer
en el amor interrumpido,
volver a nacer
en el orgasmo olvidado,
volver a nacer
en el roce de tus pechos,
en el sentimiento del alma.
Volver a nacer
en la delicadeza del abrazo,
en la atracción abandonada
del pase lo que tenga que pasar.
Volver a nacer
a la vida,
volver a nacer
en la caricia perdida
de la pericia de tus manos.
Volver a nacer
en el goce interminable
de la inmensidad de tu entrega.
Volver a nacer
en las pequeñas cosas,
en el morir de la pérdida de color,
en la resurreción del brillo
de tu mirada.
Volver a nacer
en el deseo de poseernos.
Volver a nacer
en el dulce encuentro
y en el placer
del apretón de manos.
Volver a nacer
en el monte que reseca
su verdor de color quemado.
Volver a nacer
en el árbol del rumbo
de nuestras vidas,
volver a nacer
en la copa, en el tronco y en la raíz,
volver a nacer
en la hoja verde,
en el olor de la tierra húmeda.
Volver a nacer
en el sabor fecundo
del amor siempre presente.
Volver a nacer
en tu cuerpo deseado,
en la ternura,
que en tus ojos de amor mensajero
me hacen correr hacia ti
para amarte.
Volver a nacer
en el canto,
en la copla de la alborada,
en el alumbramiento del día.
Volver a nacer
con intensidad descontrolada.
Volver a nacer
del amor y la poesía,
volver a nacer
del polvo de la dicha,
de la entrega del alma,
del dulce abandono
del cuerpo de la amada,
volver a nacer
de mí, a ser posible
de mi cuerpo y de mi alma.

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