Poema nº 10
El humo oscurecía el corazón de
Dios,
el
ruido que la muerte dejaba en los oídos del viento
helaba el alma de la bahía con sus
olas encrespadas.
El entorno lloraba tan suave que
sus lágrimas
jamás se confundirían, entre el
odio opaco,
con el silbar macabro de las bombas
asesinas.
Ni una sola gaviota era síntoma de
vida
y el sol escondido tras las
emociones del miedo
quemaba el pensamiento, mortal
herida,
arrasaba para siempre la serena
recuperación
de la vuelta a la calma.
Desapareció el tiempo.
Y el futuro no pudo mostrar los
muertos.
Si acaso la crueldad en los
espacios desiertos.

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