XXVI
Me llamaste para
ser tu clavo ardiendo,
pero me gustaste
tanto que enfrié.
Quedé frío en el
mismo instante
en que te agarraste
a mí para salvarte.
Sálvame tú, dame
arenillas de ilusión,
a cambio, yo te
prometo, ser el Atlas
de tu Tierra, de tu
mundo, de tu amor.

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