XXXVI
Era una bella
gitana de mirada almendrada,
de acastañada
cáscara y dulce interior.
Se peinaba hacia
las espirales de sus rizados cabellos
y su mirada limpia,
con azulados resplandores,
calmaba la ansiedad
inquieta en los vaivenes del alma.
Se columpiaba en el
tiempo eterno sin preocuparse
de contar los
segundos de su hora interminable.
No tenía sombras en
su cuerpo, solo luces de dulzura.
Se marchó luchando
con dilemas en sus pensamientos.
Era raro el amor
que vivía al pensar que no era querida.

No hay comentarios:
Publicar un comentario