XLVII
A Santos y Mari Nieves
Eres tú el camino un millón de veces
recorrido.
El silencio de la quietud, de la mudez
el callado grito,
que en el corazón se hace voz.
La gota de rocío que adherida al alma
refresca el suspiro,
en decámetros de amor, cinta métrica alargada.
La eterna presencia de una ausencia en la vida,
ahora y siempre eres herida.
Eres la caricia intensa no olvidada,
la suave mirada, ya de vuelta,
con intensidad enamorada.
Eres tú el perenne recuerdo de una mano
que se aprieta a otra mano y nos salva.
Eres finalidad en el intento, eres tifón en escalera,
escalón de impulso vivo que se queda suspendido
suspirando un cielo.
Eres así, como el viento, una tempestad que nos eleva
hacia un posible en el tiempo.
Eres tú la nube humana que a diario es observada.
Ventana de entrada en un cielo de una puerta nunca abierta.
Y una imagen de luz cubierta
tras las nubes se forma viva, se hace llama,
visión sin fin en un corazón, terco recuerdo.
El silencio de la quietud, de la mudez
el callado grito,
que en el corazón se hace voz.
La gota de rocío que adherida al alma
refresca el suspiro,
en decámetros de amor, cinta métrica alargada.
La eterna presencia de una ausencia en la vida,
ahora y siempre eres herida.
Eres la caricia intensa no olvidada,
la suave mirada, ya de vuelta,
con intensidad enamorada.
Eres tú el perenne recuerdo de una mano
que se aprieta a otra mano y nos salva.
Eres finalidad en el intento, eres tifón en escalera,
escalón de impulso vivo que se queda suspendido
suspirando un cielo.
Eres así, como el viento, una tempestad que nos eleva
hacia un posible en el tiempo.
Eres tú la nube humana que a diario es observada.
Ventana de entrada en un cielo de una puerta nunca abierta.
Y una imagen de luz cubierta
tras las nubes se forma viva, se hace llama,
visión sin fin en un corazón, terco recuerdo.

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