LXII
Cuando tus ojos enrojecidos se bañaron
en las lágrimas de la incomprensión
ocupaste mi pecho.
en las lágrimas de la incomprensión
ocupaste mi pecho.
Hiciste nido a tu corazón
dentro de los latidos de mi alma.
Solo puedo darte mi espíritu y vigilar tu pena.
Tus sueños, por un instante,
se unieron a las caricias de mis manos,
y un soplo venido de lejos
hizo música en los rincones nacidos
de los miles de placeres dormidos.
Cruzan besos insonoros a raudales
por delante de tus ojos casi abiertos.
De pronto me viste, y una leve sonrisa
desató el nudo de mis dudas,
que volando dolorosas
sobre oscuro pensamiento
me hicieron creer que ilusión y realidad
fueron verdad
en el volar de mis sueños.

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