XXXIV
de las mozas casaderas. Ni se siente cantar,
ni se escucha el silbar enamorado del mozo
que disimula su pena en el corazón.
Ya no existe el aldeano, ni la azada, ni el arado,
ni los surcos alineados por las orejeras simétricas
de las rejas de madera, o asimismo de hierro,
que se hunden en la tierra al tirar de las acémilas.

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