XIX
para Caquis
De pronto llegué al final del
camino.
Desaparecieron los árboles, las plantas,
y las flores se echaron a llorar
y a doblarse sobre su tallo dolorido.
Las libélulas estaban muertas,
sembrando amarguras e inquietudes,
y el suelo parpadeaba perplejo, ciego,
tapando el miedo en su rostro nacido.
¡Húmedo lodazal que empezó
a desprender su secano de dolor!
El sol, por un momento,
tiró al suelo su brillo
y el aire comenzó a vibrar
raramente y se hizo viento.
Y mis pensamientos se callaron
en la mudez de mi mente.
¿Con quién podía yo hablar
en esta ausencia maldita?
¿En dónde se perdieron
el zumbar de las abejas
y el monótono canto del grillo
en el declinar de la tarde?
De verdad que me quedé solo
y ya ni respira el tiempo.
Un telón oscuro avisa en mi mente
que me dé la vuelta,
que el camino, en su momento elegido,
era equivocado, tan desconocido.
Y me volví. Y al desandar mi ida
pude darme cuenta
que todo era distinto,
que los pájaros recuperaron en su vuelo
el aire que jamás conoció la tormenta,
pude darme cuenta
que todo era distinto,
que los pájaros recuperaron en su vuelo
el aire que jamás conoció la tormenta,
y que por siempre fue amigo del viento.

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