XXVII
Eduardo era un señor, conocido en
el pasado siglo.
Aprendió a ser señor de tanto
llorar amarguras.
Dentro de lo que cabe intentó
trabajar, a oscuras,
eso sí, nunca dejó de luchar contra
odios y reparos,
desconfianzas, homofobias, era su
sello la carencia.
Recuerdo que yo le vendía a
crédito, fiando, jaboncillos
para darse baños en la cara y
librar sus barbas heridas
por el sol. Para él frío y apagado.
“No me debes nada,
Eduardo, amigo, tú primer dinero al
cobrar la miseria
que el poder tenía a bien regalarte
era para cumplir”.
Alguien tenía que, a crédito,
permitir poder rasurar
úlceras provocadas por las miradas
de incriminación.
Eduardo era gitano, y supo cumplir
hasta el final.
Gracias por ser como fuiste
y permitir que yo pudiera confiar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario