XXX
Pues sí que parecía un normal
atardecer.
Sin embargo yo pensaba que el sol resbalaba
y se iba cayendo sobre la entrada de la noche.
No era, entonces, un atardecer, lo cierto era
que mi abuelo Domingos declinó su alba,
y corría con los brazos abiertos
hacia donde el sol yacía muerto.
Eran tiempos en que mis tíos, sin otra alternativa,
empezaban a temer el puerco tiro en la nuca.
El viento cabrón soplaba de cara.
Siempre soplando en la frente,
nunca empujando la espalda.
Mi abuela María comenzó su final
y mi tía le peinaba los temores que la convirtieron en vieja.
Yo subía desde el “forno” a la “aira”, pueblo arriba.
Yendo pendiente de saludar a la señora Amalia
no me había dado cuenta, al pasar distraído,
de que el viento cabrón se había puesto de rodillas
sobre el duro lodazal de las cuadras de la plaza.
De mí siempre adorada plaza del Sagrado. Testigo
del noviazgo arbóreo de una mimosa y un negrillo.
Muertos, ambos, lacerados sin perdón, por los años,
aplastados por el tiempo y por la pujanza, nacida ya,
de las propias horas enfermas del entorno envenenado.

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