LIII
Hoy te he visto, nuevamente, Lola.
Llevabas el paso herido, quebrado,
como si pisar baldosas te
molestase.
Lo que no vi fue tu sonrisa, pero
sí
un sufrimiento evadirse de tu alma,
una angustia inestable dependiente
de un cautivo desorden de tu mente.
Lola, no son los años, reloj
incruento,
la causa insolidaria de tanto
lamento,
es la soledad herida,
la inconsciencia ida,
la que infecta tantas llagas
incurables
en el tiempo.
Me gustaría verte de nuevo y tu
sonrisa,
jugando en el oscilar del viento,
otra vez
ser la misma, visión feliz, eterna
mirada.
Te quise, y te quiero, mi prima
hermana.

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