Cuando El Adiós Nos Devuelve
XXXI
Oigo la muda voz,
el silencio de tu corazón
deshecho en latidos, repetidos.
Desecho que mora en la mente
e interrumpe mi camino
hacia esa contigua
ribera de tu sueño.
Dormida ni me escuchas,
ni me hablas, ni suena tu voz,
que tanto oigo en el discurso soñado.
Quebrado por la pesadilla inexistente,
me sumo en tu interior, aducido
ahora que vivo despierto,
y pensando que no sueño.
Me quedo tranquilo, no lucho sin remedio,
me abrazo en tu cuerpo, tu aroma me seda,
y de verdad que tu latido es tu vida y la mía.
Me rehago para siempre, facilitando cuerda
a la amplia hoguera donde arde mi quimera.

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