XXXIX
La noche pugnaba por escapar de la ceguera,
de los ojos de la oscuridad y pretendía columpiarse
en el brillo de la luna, ver la luz en las estrellas encendidas.
Pero la noche no se movía, estaba allí, y él encontraba
en la serena quietud el relax que su vida necesitaba.
Siempre le gustó aquel rincón donde el pozo de agua
daba alas a la higuera que su abuelo había plantado
cuando su madre aún hacía caricias a las muñecas.
Los pájaros se dejaban contar gozosos en sus vaivenes
continuos y las plantas era cosa de su madre que lucieran
el variado color de sus flores policromas. Olía bien el rincón.
Aroma, espíritu, naturaleza pura, que a veces contrastaba
con el olor del pan cálido, del vino saltarín y del chorizo picante,
que dejaba en la boca el placer del sabor natural
de la saludable producción popular.
Él pensaba en ella. Ser la sombra de su sombra,
para vigilar donde paraba su mente y gozaba su ocio.
Soñaba con caminar tras ella, para saber a dónde iba,
que momentos soñaba a solas y que emociones sentía.
Soñaba con pisar las huellas que su alma iba dejando
a su espalda y así saber de sus sentimientos.
Ella no tenía sombras en el alma, sólo huellas de dulzura.

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