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domingo, 22 de marzo de 2020

CONTRACORRIENTE P 38

Contracorriente



XXXVIII

Tenía los ojos más grandes que su cara,
verdes como la esperanza infinita,
pero perdidos en el desencanto profundo
de pensar que nadie admiraba su ser.

Pero alguien quedó prendado de su dulzura,
del suave roce de las caricias de sus palabras.

Le quemaban sus miradas y sus clases
le parecían cortas a pesar del calor
que aceleraba los latidos de su corazón.

Cuando hablaba consigo mismo, en voz baja,
bendecía con frecuencia el hecho de que su amigo
le presentara a su hermana, y era feliz consumiendo
sus horas, enseñando a Pachi como se resolvían
los problema de matemáticas, las leyes físicas
o el intercambio de valencias de los elementos químicos.

Pérez Oliva tuvo que ver con Pachi.

Se amaban profundamente y se amaron a escondidas,
celosos ambos de que el mundo pudiera saberlo.

Pero un día Pérez Oliva desapareció del pueblo,
como si lo tragara la tierra. Ni hoy siquiera se sabe.

Pachi sufría nerviosa y saboreaba lágrimas amargas
en sus noches de insomnio. Que fueron todas.

Comenzó a morirse su ilusión poco a poco,
y el vaivén de su esperanza sufría más tristezas
en su alma, y en las simas de su penar continuo
clamaba por ahogarse en lágrimas de angustia.

Pachi nunca pudo olvidar aquella breve convivencia
tan llena de emoción, donde conoció la intensidad
del amor convertido en el supremo imán de la pasión.


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