XLIII
Apareciste en mi tarde,
cuando trabajaba mi alma,
cuando escapado mi pensamiento
te buscaba en el dormir
de la hoja seca,
en el silbar discontinuo
del sonoro viento,
en la cama adormecida
del agua del río,
que sonreía y llevaba corriente abajo
melancolías y suspiros
encendidos por los rayos del sol,
que despiertos nos buscaban
en la sombra de los alisos.
Hola, decía el alga que escondía
los ojos acechantes de la rana
humedecida por el agua serena
que besaba con suavidad la orilla.
Se oscureció el día en aquel rincón
favorito, y suave las nubes lloraron
al esconder sus ojos la tarde,
que en su declinar se rendía.
Y yo trabajaba mi alma al tratar
de encontrar, como loco nervioso,
un recuerdo que tuyo fuera, vida,
pero el sol y el agua desde el cielo
de nuevo en lágrimas se rompieron,
y te vi, amor, toda entera, como eras,
encerrada en la dulzura de tu cuerpo.
Apareciste en mi tarde,
cuando trabajaba mi alma,
cuando escapado mi pensamiento
te buscaba en el dormir
de la hoja seca,
en el silbar discontinuo
del sonoro viento,
en la cama adormecida
del agua del río,
que sonreía y llevaba corriente abajo
melancolías y suspiros
encendidos por los rayos del sol,
que despiertos nos buscaban
en la sombra de los alisos.
Hola, decía el alga que escondía
los ojos acechantes de la rana
humedecida por el agua serena
que besaba con suavidad la orilla.
Se oscureció el día en aquel rincón
favorito, y suave las nubes lloraron
al esconder sus ojos la tarde,
que en su declinar se rendía.
Y yo trabajaba mi alma al tratar
de encontrar, como loco nervioso,
un recuerdo que tuyo fuera, vida,
pero el sol y el agua desde el cielo
de nuevo en lágrimas se rompieron,
y te vi, amor, toda entera, como eras,
encerrada en la dulzura de tu cuerpo.

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