LVII
No le esperes esta noche
que no tiene tiempo en su alma,
no le esperes en el azul celeste
de la clara madrugada
que no tiene tiempo en su alma.
Espérale acaso, por favor,
en el atardecer lejano,
cuando su alma sea testigo
del tic-tac del reloj parado
sobre el frío latir de su corazón.
No le esperes nunca más
que su alma se ha parado
en las quietas manecillas
de su corazón sin horario.
No le esperes, ilusión,
que ni siquiera tiene alma,
ni tampoco corazón,
sólo su hora parada.
que no tiene tiempo en su alma,
no le esperes en el azul celeste
de la clara madrugada
que no tiene tiempo en su alma.
Espérale acaso, por favor,
en el atardecer lejano,
cuando su alma sea testigo
del tic-tac del reloj parado
sobre el frío latir de su corazón.
No le esperes nunca más
que su alma se ha parado
en las quietas manecillas
de su corazón sin horario.
No le esperes, ilusión,
que ni siquiera tiene alma,
ni tampoco corazón,
sólo su hora parada.

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