LVII
Acostumbro a cerrar, a veces, mis
ojos
y me remonto en el tiempo,
pensando,
y mi alma cuenta diminutos
segundos,
y así, de paso, de su letargo
despierta.
Mas siempre mi viaje es claro
retroceso,
chivato retrovisor pintado en el
recuerdo,
solo lo antes vivido, dulzuras y
amarguras.
Nunca mi mente fue procurada y
sometida
a lo no vivido, que no inventa por
ver ilusos.
Empieza el vaivén en las ondas del
tiempo
a romper mentiras con la navaja del
viento,
entre los dientes, y por mucho que analizo,
no doy por hecho conocer retrovisor
alguno,
que en su pantalla vea proyectado,
por fin,
la visión al revés de toda marcha
al futuro.
Pero sí anticipo la tormenta y su aparato
en un sueño, despreciativo por poco
serio.
El partido lo estaban jugando, con
afición,
desgraciadamente, con su estúpida
afonía:
“La ambición, el servilismo, vileza
y tortura,
la prepotencia del que suele campar
de sabio,
la indiferencia, que daban codazos
a traición.”
Y cualquier otra lengua de fuego
indecente,
que atraviese y provenga de otros
feos cielos,
donde domine la complacencia y la sinrazón.
Todo impuesto a toque desairado por
la locura,
por el poder único, la obediencia y
la incultura.

No hay comentarios:
Publicar un comentario