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viernes, 20 de marzo de 2020

POZO BARRENTO P 32

Pozo Barrento


XXXII


1

 Era la casa del silva construida con misterios.

Nunca pude saber dónde estaba ese fantasma,
ni su entrada, ni agujeros de media luz oscura,
huecos por los que el viento en zigzag se colaba.

 2


Pienso ahora que nacida en una roca, acaso,

en sinuosa ladera, una curva, en la primera,
donde existía Caridad, y lógico que también

Saladina, que era su hermana, viviese cerca.

 3

 

Yo meditaba, aclarando, unos datos sobre mí,
siete años, más o menos, la oscuridad infantil,

aún no me había transformado en progre ser,

discutible varonil, turbio adulto con madurez.

Los sonidos se estiraban tumbándose conmigo
en cama. Rompía la luz en la ventana cerrada.

 4


Seguro que habían jurado en hacerme dormir  

la siesta, y como Fuenteovejuna, todos a la una.

Nos faltaba tiempo. A otros en viento de fiesta

los ungía con aceites la señora de las Candelas.

 5


Yo no pensaba, pensaba por mí la encrucijada,

caliente rincón solano, fulgor de plata acerada,
organizando tejidos con tela de araña urdidos.

Ojos que no ven, cerrados al nítido resplandor.

 6


El sol escondía las sombras, enseñando lo evidente
y el río Támega trazaba paralelas con la carretera,
hasta descubrir otra lengua, pasada ya la frontera.

 7

 A la vuelta, una curva asesina recordaba a Cesar,

un derrape, unas lágrimas, un ramillete de flores.

 8

 

Cuando podía y no era controlado por las zarzas,
robaba uvas en racimos en los viñedos de Toubes,

placer abierto, sin arruinar las ringleras ahiladas.

 9

 

Fermín reconocía, a través de las noches, los brillos
y los sonidos de cabras, otros ecos del campo del río.

Opaca oscura vigilia, con ojos cegados por el miedo

sostenido durante mucho tiempo, tal vez demasiado.

 10

 

Manolo y Antonino convertían en harina el centeno,
como algún que otro grano de trigo, eso pensaba yo.

 11

 

Y Saladina seguía buscando, entre las ropas del viento,
donde la fruta mudaba de lo verde a lo maduro, crecía
el incipiente problema de aquellos desatinos de la edad.

Y la posible madurez, marcada por cosas del momento

sacaba a flor de piel entrega, amor y fidelidad día a día.

  12


Carlos y Marta trataban de dar arte al champanín,
gozando alborotos del río, a la vez ferrando ruedas,

redondeles de madera, en carro, a la sazón perfecto,    

del que, uncidas y acordes acémilas, tiran sin tregua.

 13


Los eucaliptos no querían ceder al viento, y resistían
de pie, sin doblegar su señorío en aras de su vivencia.

Aquellos Tresguerras daban cursos de sus bondades,
y apañaban escaseces mitigando los años del hambre,

mozos que allí mismo conocían la dinámica del agua.

La luna, ya con poca madrugada, solía dar una vuelta,

y se perdía entre las sombras, puente de Melo bendito.

 14

 

Demetrio, apoyado en la barandilla, ya no sé si la tenía,
observaba el Támega descendiendo. Río abajo saltaban
recuerdos, eran peces caprichosos, que al mirar el cielo
boqueaban, algún tormento vivido, que aún hoy siento,

evocando agridulces sabores en mi alma, penoso olvido.

Benigno y Jesusito corrían a mi lado. Una cinta de plata

en mi mente reconocía a Mari Nieves a la puerta de casa.

 Lolita cerraba aquellos momentos duros de adolescencia.

Y ya remontados los años desfilaba el pelotón, separado.

 15

 

Y Demetrio, subido al estrado de mi puente tan recordado,
encontró el remedio, sumergiendo aquellos peces humanos,
que nadaban en mis sentimientos, en el río de paz disueltos.

Entre las aguas rápidas, entre lo inolvidable, entre lo eterno

generaciones que comparten felicidades, dolorosas nostalgias

y cuadros pintados, que no dejan de ser estampas de mi vida.

¡Cuánto amor, cuánta decencia, cuánto impulso dinamizado

hacia sorprendentes vivencias en un infinito tan inexplorado!

 16


Doña Irene planificaba su viñedo cerca del viejo hospital,
donde un joven del alto del pueblo desabrochaba la blusa
de su acompañante enamorada, que más se dejaba querer.

Suspiros que iban del corazón a la boca, ruinas añoradas,
en cuyas vigas de hierro mitigábamos juveniles complejos
de repiques de campanas. Estampas de mi vida evocadas.

Jadeos se confundían con el pisar de las briznas, susurros,

pequeños gritos, placer prolongado, o el miedo a ser vistos.

 17


Ni por asomo llegaban a los oídos de Manolo y de Antonino,

en harinas de otros sacos metidos. Cuando eran mis amigos.

 18


Los sordos ruidos del silencio rompían las tranquilidades,
cuando una culebra en zigzag movida dibujaba meandros
a través del monte bajo, corto rastrojo que pululaba altivo
a orillas del camino.

 19


La noche le confesaba al amanecer, en sus pláticas amorosas,
porque la viña del Fermín ausentaba las hambres impuestas,
recién acabada la odiosa estupidez de la guerrilla en pandilla,
que vivían de la inquina y morían sin amor. Cunetas plenas.

Valentía de mamarrachos en malolientes bocas, y asquerosas,
de las ideologías asesinas.

La escoria empezó a fabricar montones del aire recién nacido,
y el viento se hizo mayor, pugnando por escapar de la basura,
confundido entre principio sin comienzo del ridículo progreso.

 20


Ya nada existe, ni el Manolo, ni el Antonino, ni el viejo molino,
ni Doña Irene, ni Carlos, ni Marta, ni los dos novios del pueblo,
que fabricaban placeres, ni el hospital, ahora, tan reconvertido,
en guardianes en servicio.

 21


Por cada amor que nieguen, por cada amor que dude, más amor,
una atmósfera sedosa y eterna recubrirá el universo de la pasión,

del deseo, de la entrega, y nunca morirá la solidaridad en pareja.



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