XXXIX
Navegué
mar arriba,
inmensa
recta perdida,
en
la bélica maldad
de los humanos y mujeres.
El timón no eran mis manos,
sin ojos, que lo gobernaba.
Solo de la ciega fortuna
su mirada, a tientas batiría
contra no sé qué.
de los humanos y mujeres.
El timón no eran mis manos,
sin ojos, que lo gobernaba.
Solo de la ciega fortuna
su mirada, a tientas batiría
contra no sé qué.
No
sé contra qué futuro
arribaré en mi deriva.
arribaré en mi deriva.

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