LXIV
Vencido el día,
sirimiri, tinte negro,
y muerto el sol tras el horizonte
aparece la sombra, llamada noche,
triste, patética opacidad,
mate escándalo, muda oscuridad.
Angustia de vivir a tientas,
flemática arrogancia,
cuya única e inútil escapada
es ignorar sus peligros, escondidos,
en el discurrir lento del tiempo.
Es cerrar los ojos sobre el
pensamiento,
capado pensamiento jamás pensado,
alfabeto disfrazado de incultura,
soliloquios excesivos y vacíos,
silabario rebozado en la locura,
procurando la búsqueda de salidas
al problema surgido,
cuando nacen otras vidas.
Vencida la maldad
y muertos sus verdugos, tras la
sangre,
aparece el brillo,
llamado esperanza, alegre reflejo
frío.
Aleluya egoísta y ruego maldecido
en las ondas del tiempo inyecto,
aireado con soplos de sangre incolora.
Matando sombras,
ideando féretros sin posibilidad de
huida,
creando estrellas, luz perenne
inmortal,
danzando sobre el cielo
el dinámico baile de escapadas a
otro sitio.
Muertos a miles, fosa común, no
vacía,
en la asquerosa comuna de la sucia
ideología.
Y los ancianos repican las campanas
porque aún tienen el placer vivo,
y sienten respirar a sus hijos la
vida.
Venciendo al duro progreso que
niega
paternidad y familia, comuna homicida.
Generación espontánea, vileza o memez,
emancipación entre agonías desconocida.

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