LXV
Entre rosas la mañana camina,
desvaídas todas ellas, en vida
color mortecino, indiferentes
ante su propia belleza rosada.
Cuando comienzan a desmayar,
a descomponerse en estiércol,
la turbia indecencia en víbora
se convierte abyecta, reptil es,
la indignidad va dejando estela
de rastrera babosa, duro averno
con escoria de maldad encendido.
Basura humana, ambiciosos cretinos,
país pobre sin ley, regido por
asesinos
y asesinas, deseosos de ser
inmortales,
irrespetuosos con los muertos y
vivos.
Los criminales que llenaron las
cunetas
en nuestra guerra, indecentes
batallas,
no durmieron nunca más en sus
noches,
al soñar inquietos con el rojo
plasma
de sus víctimas, fiero respirar
en ahogos,
toda su alma, y todo su cuerpo
poseídos.
Infeliz trinchera, en la que el
resentido
siente gozo al notar su criminal
presencia
en la envenenada vileza de su
conciencia.

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