LXX
Gracias por ese lamento de tu
corazón.
En el infinito no hay traiciones,
ni lágrimas amargas que no sean
digeribles. Ni momentos en que el
viento
no borre con suave placer
burlas, ignominias y rencores.
Gracias por ese lamento preñado
de esperanzas ocultas y perdones.
En el infinito nos veremos con
otras
miradas en el corazón más abierto,
con otros gestos, cálidos,
acariciados
por manos de terciopelo, rosa,
cierto.
Verdes brisas en el mar de la verdad.

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