XI
La luna porta rocíos
sobre el acero frío de la noche,
claro oscuros de plata vagando sin
destino.
Pozo submarino,
anaerobiosis criminal compartida,
pitidos periódicos de aves pardas
a rayas difuminadas.
Parabiósis con precinto de alas
partidas.
Y se duchan las estrellas,
jugando con lloradas de reo
en su propio fulgor encendido,
campo de competición, de neutralidad
sospechosa.
Una espiga en el hueco de la mano
se desgrana en sangre,
que era harina, de salvación, dando
vueltas
en la rueda estriada del molino.
Mareando ideas, escondiendo el
hecho,
cual amorfo beodo,
metiendo los dedos en la garganta,
campanilla salvadora de venenos ingeridos.
Llegadas de madrugada en cantos mal
entendidos.
Parado en medio de lo oscuro,
mirado por ojos ciegos, córnea opaca,
mal educada.
El oscuro es ignorante, formación
casi nula,
advenido, de culturas
con vuelta de espalda, móvil en el
aula prendido,
encendido, corta y pega, ¡qué
maravilla!
La cuchilla, corta y pega, la
cuchilla
inventada corta cabezas de
ignorancia,
corazones, en cobre fundidos, de
interés.
Inhumanos, vestidos con ropa extraña,
contra humanos que llegan de no sé
dónde.
¿Quién nos obliga a respirar
la vergüenza, la presencia del
imbécil,
de la “imbécila” estulta de boca
abierta?
Hedor fétido, universo muerto,
autopsia descolorida, forense
ausente.
Se derrumban casos y cosas del cielo
en accidente de tráfico aéreo
y en el túnel del infierno se cayó
la estupidez esmaltada y un rayo
en el carril, a la fuerza paralelo.
Descarrilamiento del metal y el
fluido,
enderezando la muerta ciencia,
muerta la cultura del bien sin
audiencia.

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