XII
¡Cómo pesan las gotas del tiempo!
Ese pájaro que revolotea horadando
hechos,
retales azules, zafiros de
sabiduría,
tinta retumbando, a veces, injusta,
satisfacción conformista.
Desaparecen y no pasa nada,
entre recuerdos rozando pequeños
diálogos
en el pensamiento, rubí tenaz,
estimulante,
reflejos en miradas de ocio sin
salida.
Suben efervescencias gravadas
hacia nubes espesas respirando
olvidos,
pero vosotros estáis ahí,
enseñando,
tocando el papel, apretando el
tabaco,
y saboreando en el aire de la
ilusión
los placeres infinitos del primer
pitillo.
Toses olvidadas en la dureza de
ciertas
emanaciones que se filtran en la
mente.
Sousas, con lluvia, sabía a musgo
y olía a agua mineral y de la otra.
En el humo del cigarrillo estaba la
cara de Emilio,
amistad sin condición. Esmeralda
verde de paciencia
apagaba fuegos de duda ya pegados a
la puerta.
Y Juan sonreía hablando de fuentes
y de peñas,
de rocas de goma espuma, de yogures
sin retorno.
Y el diamante penetrante hacía
camino en la vida.
Caminando charcos, altos vuelos
pensados,
peligros de rocas escarpadas por el
diablo,
donde resbalaba el pensar erótico y
también el pecado.
De la avioneta pendían pancartas
de mil sueños incumplidos.
Nuestras admiradas pasaban de boca
en boca,
de mirada en mirada, de purezas e
impurezas.
De pronto, montando en una pompa de
viento,
pasa el Peche viejo, taxista famoso
y bueno,
y como siempre lo hacía, grita:
Caneda cabezudo.
El orgullo sonreía, era un amigo, y
yo era un niño,
y hoy pasan las almas, parecen
desconocidas,
ni siquiera levantan miradas de
amistad fingida.
Las almas vagan indiferentes a lo
largo del camino.
Empiezan a hacerse mayores nuestras
separaciones
y las ausencias nos convierten en
viejos, sin remedio,
y los contactos, más esporádicos, son
arquitectos
de nostalgias olvidadas. Quedando
las gotas de tiempo
tan vivas, que a veces nos juegan
sus malas pasadas.
Y nos hacen ver sufrimientos, y nos
hacen oír que
una cosa es soñar imposibles
inventados
y otra muy distinta realizarse en un ser
fracasado.

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