XIII
“Y convergimos en cataratas, ese
velo de tul,
caída de agua plata sobre el lecho
de su río,
y tras de sí en su mente desfilaban
el álamo,
helecho sin ornamento, en subida el
abedul,
con el fresno, el sauce, el aliso y el avellano.
Exhalando vapores de los alegres
humedales
que las palabras, con su fonética,
en forma,
los saltaban, vallas de impedimento
callaban.
Que vuelva a nosotros la grava, y
la cal viva,
oro duro en construcción.
Emitiendo movimientos encadenados,
hojas
de olivo eran flagelo, en tiempos
de cuaresma.
Roscón adornado, confites en boca
de pesadilla.
Desapareció la luz y desde la
caverna escapó
la ceguera, Platón se quedó solo, y
su silencio
es comprensible, no tuvo con quién
dialogar”
Y los ideólogos se mueren después
de su mudez,
sacrificando culturas, tradiciones
e inventando,
a la vez, sectarismos, entre rejas
de acero helado.
Cuando el hombre se realiza llora
porque en su ser solo hay hombre,
y nada más que merezca la pena.
Y la muerte se perderá en su
mediocre destino.
¿A dónde irá, qué fama posterior
se avergonzará, y callará que fue
política?
Absurda compradora de voluntades,
derribadora de los sueños de otros
seres,
adoradora de ídolos huecos de nada,
vanos fantasmas sin amor, sin
locura
y sin prejuicios formalmente
creados.

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