XIV
Ruedan dinámicas en las alas del
viento
y encauzan viajes sin compañía
los sueños, que son utopía,
marcando paso a paso en militar
desfile la desgana, el punzón
afilado
de la vil disciplina obligada.
Solo el inculto obliga porque usa
otras armas,
persuasión de la sinrazón.
Toque de corneta agónico,
afónico, cuando la dignidad
desaparece
al tirar de la cadena.
Triste desembocar por cloacas,
sellos peristálticos sin retroceso.
Y en tristeza se convierte la
escasa
concurrencia,
muchedumbre abortada, sin violencia,
coaccionada.
En las ondas invisibles grita
la eutanasia, frágil enemigo,
se paran los corazones, se
desordena
el latido, tiñéndose de luto el
ritmo,
y la distancia esconde gritos de
silencio
que se pierden entre los rubores a
pares
de la vergüenza emergida, insultos
vagando sueltos, bálsamo caducado.
Hasta el dolor escapa de la
ignorancia
atrevida, osada, del estúpido arribista.
Odio a todo ser vivo, aire enloquecido,
ausente alveolo sin carga, lleno de
vacío.
Y el desorden cuaja en complacencia
venida de lejos, invasiones sin
sentido.
Revolotean palomas en fluidos de
terror,
sin calma, desaparece la lluvia,
seca queda la festiva fecunda en el
tablero.
Yace aplastado el orgullo paternal,
sin clavos, sin corona, sin
ladrones al lado.
Y el centurión da la espalda a la
madre
y estornuda como nunca el día, y la
noche
retumba sobre la tierra su
maldición eterna.
Y la estúpida entrega sus hijos al
descubrir
que no son suyos, que no son de
nadie.
El amor se va de vacaciones
a remontar imposibles, y la
historia se quema,
y no es Nerón el artificiero.
Nadie cuenta absurdos y aparece el
verbo estéril,
se muere la natividad, fecundación
en vitro,
y empiezan a vivir los cuerpos
y la infección de las almas llega
al cielo.
Crucifijos de humo cubren la cara
de Dios, estoico,
que comienza a llorar suspiros. Ya
no hay lágrimas.
¡Se van a toda prisa en busca de la
mentira,
al encuentro nada serio de un gran
camelo!

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