VII
Y hacia el infinito
elevaban los vientos
sus almas vivas, sus
cuerpos muertos.
El mar, con su llamada de plata,
rompía en su playa y se
retiraba.
Descansaba su retroceso en
oleadas.
Y como el mar me llamaba,
sereno,
corrí hacia su interior a
toda prisa.
La brisa, el dulce vaivén
de la brisa,
amortiguaba diálogos de
placer.
Dos niños jugaban con sus paletas,
que más parecían sendos
abanicos.
De pronto ruidos
ensordecedores
rompieron el entorno, y los
gritos
de los bañistas eran
bombas, tiros,
algún que otro criminal cañonazo,
y el gorro de baño se
volvió casco,
de soldado en guerra era,
maldito.
Sentí la llamada de aquella
sombrilla
gualda, que tornaba el sol
a mi vida,
allí tumbada, rememorada
pesadilla.
Corrí hacia el exterior y
la abracé,
y quise proteger a mi alma,
aún viva,
que estaba entre su boca y
la mía.
Y apareció la sordera, y
del silencio
emergieron oscuridades sin
sentido.
La gente desapareció entre
la resaca,
ya de cascos estaba la
playa cubierta,
cetmes, balas, otros
objetos de guerra.
Y un grupo de involuntarios
homicidas
rodeaba aquel gran boquete con brillo,
con dos almas en su
interior, invisibles.
Se besaban con ternura, el
silencio en la mirada.
Hacia el infinito con
suavidad el viento elevaba
sus dos cuerpos muertos,
pero vivas sus almas.
El desembarco está en la
historia. Silenciado
entre odios sin cordura el
horror causado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario