VIII
Me abrazo a la noche recién llegada
y cubro el azul infinito de tu
ausencia
con la sábana blanca de mi
pensamiento.
Lágrima no llorada,
orgullo, amor propio,
y en medio de la madrugada:
el amor de amor,
el abrazo sin lujuria,
el temblor de los labios
de una diáfana mirada
en el latir desbocado
de mis sentidos.
Pues te quiero con el silencio,
con la caricia atrevida
de mis besos en tu garganta.
Alguien encendió en la penumbra
amaneceres de locura,
la noche yace muerta entre mis
brazos,
después de un bello sueño de amor,
más o menos desaparecido.
Visión de nuestros cuerpos
entregados,
otra vez, entre los fecundos rayos
de un cálido sol en un nuevo día.

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