XXXVIII
Cuando aparece la casualidad, invisible,
algo se queda entre nosotros, intangible.
Por eso quisiera dejar unida mi
mirada,
a los satinados poros de tu cara, un
faro
acompañando de cerca tus ojos, un rayo,
un brillo de estrella que disimula,
pegado
a tu boca, una paloma con el beso
incierto,
volando ambos por el infinito de un
sueño,
un día de esos, en que traza la
cara del sol
una sonrisa, un verso, y un poema de
amor.
Un día de esos en que aparece el
viento vivo
entre los huecos de ni serena
angustia, grito
mudo de mis horas, cortas con mi
presencia.
Cuando mi soledad lucha por ser la palabra,
cuando mi disimular se cae a plomo,
repleto
de hilaridad, al suelo de la dramática
osadía.
Y queda desnudo mi ser, sin ideas,
sin saber,
desordenado, lo que, al pensar, pueda
hacer.
Ya arranca la dinámica de esa vida
deseada.
Y yo solo quisiera ser aquella palabra
usada,
ajada, en las pláticas del matutino
amanecer,
donde se citan los solos del mundo,
y cuentan
su extraña soledad, y total compañía
extraña.
Y yo quisiera ser alma, corazón de
tu palabra,
esperanzada, enamorada, de placer
descarada,
cuando el respecto humano deserta, y
se evade,
después de turbarse tu cara y
encender tus ojos
de arrepentimiento, lágrimas de herido
caudal.
Quisiera encontrar en mi pensamiento
esa poesía,
que desborda el corazón y rebasa
ríos en mi alma.

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