XLIX
Me fijé en el indicador
y subí agarrado a un recuerdo,
y no era difuminado,
era claro como el sol de verano,
como el rayo,
como el aroma de tu mano,
que besé rozando mis labios
con el color miel de tu mirada.
¡Qué extraña sensación,
pues ibas a mi lado, como siempre,
tu pecho en mi costado era el
disimulo eterno,
un inocente pensamiento,
un sueño!
La Atalaya ya estaba clara,
foto en relieve, y empecé a soñar,
el castillo despertaba
y la viña de mi padre sonreía al
tiempo,
en el claro oscuro de mi alma,
cerca del “Gargalo”.
Ya las nubes no estaban en el
objetivo
de la influyente cámara virgen.
Soñaba con el aire que diese paso
al viento,
con tirantes de plata,
y no se convirtiese en tormenta,
quebrada por el estruendo.
Las curvas, ya cerca de la
acrópolis,
ilustraban con lágrimas de nostalgia
visiones en mis pensamientos:
mi padre, las uvas, y en medio del
viñedo
aquellas pavías,
con las que siempre soñaba.
Y apareciste tú, tus besos,
siempre tú
y mi tía Encarnación, mi segunda
madre,
que un Caneda me enseñó a ser,
y lo fui,
claro que lo aprendí.
Y por encima de San Gregorio
el castillo abría sus brazos y
sostenía
el recuerdo de mi padre,
un brillante, un rayo de sol que
habla,
decenas de amigos,
las sogas de la felicidad, la
poesía,
mis compañeros, mis poetas del
amor,
siendo testigos de sensaciones,
de amores que compartimos.
Mi penúltima subida a Monterrey,
a su verdadero hospital de
“morriñas”,
que yo recordaba entre zarzas,
entre silvas moras y fantasmas.
Y no sé porque viene a mi mente
un leve o intenso, pero grato recuerdo
de Chicho, aquel pelirrojo cabrero,
aquel inocente sabio, estampa viva,
inolvidable,
de un castillo sesenta y cuatro
años atrás,
¡toda mi vida!
Me asustó la noche, ruido de ramas
secas,
ya cerca del polvorín,
se hizo el día montado en la
memoria,
un joven, sobrino de Chicho, creo
que era,
adelantándose al tiempo,
guardaba cabras, y las sombras, que
salían
de la imprenta, acariciaban las
ubres.
Susurró, ¿eres o Xexo rabalexo?
Si. Son.
Y siguió columpiándose en su
sonrisa
inocente, sin malicia.
Y siguió hablando y recordaba a mi
tío
cuando un día le dijo, y no
precisó,
cogiendo setas en San Salvador,
monte vecino,
que al morirse el último político,
el sol se convertiría en oro, y con
seguridad,
resucitarían nuestros muertos.
Y nosotros ¿podremos verlos?
Y alguien ¿será mudo para siempre?

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