LVIII
Yo creí que el pueblo era mío y
puedo decir
que me echaron.
Sentí pedir perdón a la historia y
la realidad,
cruenta, herida,
era, lo viví, el hálito de la
mentira.
Yo creí pertenecer a donde los
vientos soplan
carentes de ideas,
prejuicios, ataduras descomunales,
e intereses
de todos los tipos,
y sentí que era odiado por pensar.
Y pedir la mano del documento aún
no casado
con todo lo digno.
Yo creí que el hombre era un Dios y
comprendí
que nunca existió,
solo la libertad con su duda
vestida.
La enteca incertidumbre, sin
insultos, me asaltó
y de repente resistí.
Yo sentí que no era hijo de quién
creía, lo decían
esa vírica estulticia,
una estéril mentalidad y un
capricho.
Alguien me hizo esclavo de pensar
que fui parido
por nadie, no lo creo.
Pero lo que nunca conseguirá
ninguna demagoga
manipular, adulterar
y borrar de la mente al que siente
frio.
Aquello que es insobornable,
aquello que protege
la labor de mis padres.
La escoria se empeña, y no sé
porque, no escribir
mi historia, tal como es.
Y si mienten y falsean para qué
obedecer.

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