LXV
Aún siento tus pasos
que hacían cantar las briznas
del patio de atrás de mi abuelo.
Patio azul de día, tinta china
oscura,
apagado fulgor reflejado del sol de
la siesta,
ardido por rayos en sierra,
tormenta de grados en alza.
Mis labios eran mariposas,
movidos por el viento del alma,
queriendo alcanzar tu cara,
satinada.
Tu cara en que solo me sabe a fresa
y azucena
cada inocente beso que aterrizo en
tu boca, o cerca,
beso que llora tu ausencia con
ímpetu de niño pequeño.
Mis sentimientos se convierten
en pájaros, y pienso pinceles pintando
aquella mirada verde que tanto
ansío clavada
en cada placer de mi mente, en
silencio respetada,
poros ocultos, casi nublados por soles
emborronados,
una mañana que lloró lágrimas
cultas de mejillas abajo.
Te vi de espaldas marchar por el
alejándose de mi dolor,
más incoloro que triste, deshecho
en pedazos escondidos,
cerca de donde mueren mis ausencias,
en soledad a solas.
Nunca más te vi,
y mi presencia buscándote se
despeñó
por la seca cascada de los
recuerdos que se niegan a volver.

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