POEMA Nº 12
Llueven lágrimas desde
las nubes de sus ojos
y el herido, que tiene cicatrices en el alma,
levanta los brazos para
agarrarse en el vacío
a la completa
inexistencia de tus manos.
Yo no estaba, tú
tampoco fuiste sostén,
porque nadie ya existía
en el sentimiento,
sólo el duro caparazón
de la débil esperanza
era un frío remedio al
odio recién nacido.
¡Cuantos caballos
forman el galope temeroso
que aniquila la razón y
establece el desamor!
El dolor avanza
pintando a través del tiempo
el cuadro de trazos
negros, oscuro y frío,
con las lágrimas como
firma de aquel herido.

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