Pues sí, en mi
mente, reposo de mis recuerdos,
son como caballitos
voladores,
jamás expuestos en
el lienzo de la vida
con la vista de los
ojos,
pues mi visión, que
era recreo de mi alma,
inventa libélulas
sobre el fresco humedal del pozo.
Pozo barrento,
que en el sentido
de mi memoria ríe a carcajadas
mis aterrizajes
desde el desequilibrio de la bicicleta,
como si desmontara,
esperando que los
caballitos voladores
frenaran el
revolcón sobre el fango del humedal.
Pozo barrento,
que susurra en los oídos de mi niñez
las lentas caricias
que la voz de mi abuelo materno
va dejando entre
gotas de sudor,
tras el romper de la
tierra,
que es el centro
donde el amor se irradia
bajo su espontánea
bondad, cadencioso,
y algo más lejos mi
tío Juan, en su justo dictaminar
da muestras de
equidad en el dilema vecinal.
Pozo barrento,
que asido por la
mano de las Lameiras,
bajo la vigilancia
eterna de Tameobirgo,
anima a cantar a
las ranas
y a deslizar con
suma gracia
a la culebrilla no
maligna, mansa,
y a los renacuajos
en bandadas.
Vigila al abrir el día
Vigila al abrir el día
el trinar monótono
de los ruiseñores,
musicales avecillas
que de vez en vez
dibujan sus bailes
sobre el vapor
encantador de los
humedales vivos,
algodón de azúcar
en mis sueños.
Pozo barrento,
me gustaría
escribir esa melodía,
donde la música
silenciosa
se convierte en
mudas notas en el piano,
alma de la siesta
de la tarde,
que penetran con suavidad
sedosa
en la expectación
acalorada de los humedales,
que luchan contra
la sequedad de los estíos,
y se coronan en plateas,
en escenarios
y telones con el
color de la noche,
invenciones áureas,
reflejos plateados del sol
aún por el sueño no
rendido.
¡Cuantos, de
cualquier forma, amamos
a los cercanos
viñedos preñados
de arracimadas
ideas, exprimidas
en sangre de vino y
olorosa delicia!
El sol habla nada
más nacer la tarde
y los alisos beben del
río plata,
donde se esconden
las ninfas,
sirenas de dulces
aguas,
con su ropaje de espadañas.
Me serena la calma,
al descorrer del
tiempo,
mis Parrueiros
amados,
donde el aire habla
y se convierte en viento,
me hacen soñar con
la estampa no olvidada
de las mujeres del
pueblo,
en mi mente
eternizadas
con sus tocados en
la cabeza, cántaros de agua
de aquella misteriosa
Viola, adorada fuente,
que a los miedos de
mis noches
convertía en dulces
sueños.
Cuando se estrella
la tarde
se hace la paz en
mi pueblo
y la gente baña de
sus labores el cansancio
apagando las luces
de su trabajo,
encendiendo el
luminoso resplandor del descanso,
bebiendo con
fruición placentera
del vino de la
noche
que poco a poco sus
ojos va cerrando. 

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