XXXIX
Hubo un tiempo en
que pensaba
que el agua de la
playa eran lágrimas de tus ojos,
olvidadas entre las
olas del mar
de tus sentidos, y
de los míos.
Y te soñaba
entre los reflejos
fríos del sol por la mañana,
mientras las
gaviotas gritaban al dibujar sus vuelos,
abandonando
tristezas y miradas
que se perdían en
el aire.
Aquel aire que
había escrito en sus vientos
el libro
inabordable de nuestro amor.
Desde aquella, en
cada playa, te busco,
y busco tus ojos
para secar tus lágrimas,
y busco la gota del
mar que de mis ojos
cayó sobre las
tuyas,
y decirte que tus
besos siguen siendo
el alimento de mi
alma.

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