Pozo Barrento
I
(Pozo Barrento)
Pues sí, en mi mente, reposo de mis recuerdos,
son como caballitos voladores,
jamás expuestos en el lienzo de la vida
con la vista de los ojos,
pues mi visión, que era recreo de mi alma,
inventa libélulas sobre el fresco humedal del pozo.
Pozo Barrento,
que en el sentido de mi memoria ríe a carcajadas
mis aterrizajes desde el desequilibrio de la bicicleta,
como si desmontara,
esperando que los caballitos voladores
frenaran el revolcón sobre el fango del humedal.
Pozo Barrento,
que susurra en los oídos de mi niñez
las lentas caricias que la voz de mi abuelo materno
va dejando entre gotas de sudor,
tras el romper de la tierra,
que es el centro donde el amor se irradia
bajo su espontánea bondad, cadencioso,
y algo más lejos mi tío Juan, en su justo dictaminar
da muestras de equidad en el dilema vecinal.
Pozo Barrento,
que asido por la mano de las Lameiras,
bajo la vigilancia eterna de Tameobirgo,
anima a cantar a las ranas
y a deslizar con suma gracia
a la culebrilla no maligna, mansa,
y a los renacuajos en bandadas.
Vigila al abrir el día
el trinar monótono de los ruiseñores,
musicales avecillas que de vez en vez
dibujan sus bailes sobre el vapor
encantador de los humedales vivos,
algodón de azúcar en mis sueños.
Pues sí, en mi mente, reposo de mis recuerdos,
son como caballitos voladores,
jamás expuestos en el lienzo de la vida
con la vista de los ojos,
pues mi visión, que era recreo de mi alma,
inventa libélulas sobre el fresco humedal del pozo.
Pozo Barrento,
que en el sentido de mi memoria ríe a carcajadas
mis aterrizajes desde el desequilibrio de la bicicleta,
como si desmontara,
esperando que los caballitos voladores
frenaran el revolcón sobre el fango del humedal.
Pozo Barrento,
que susurra en los oídos de mi niñez
las lentas caricias que la voz de mi abuelo materno
va dejando entre gotas de sudor,
tras el romper de la tierra,
que es el centro donde el amor se irradia
bajo su espontánea bondad, cadencioso,
y algo más lejos mi tío Juan, en su justo dictaminar
da muestras de equidad en el dilema vecinal.
Pozo Barrento,
que asido por la mano de las Lameiras,
bajo la vigilancia eterna de Tameobirgo,
anima a cantar a las ranas
y a deslizar con suma gracia
a la culebrilla no maligna, mansa,
y a los renacuajos en bandadas.
Vigila al abrir el día
el trinar monótono de los ruiseñores,
musicales avecillas que de vez en vez
dibujan sus bailes sobre el vapor
encantador de los humedales vivos,
algodón de azúcar en mis sueños.
Pozo Barrento,
me gustaría escribir esa melodía,
donde la música silenciosa
se convierte en mudas notas en el piano,
alma de la siesta de la tarde,
que penetran con suavidad sedosa
en la expectación acalorada de los humedales,
que luchan contra la sequedad de los estíos,
y se coronan en plateas, en escenarios
y telones con el color de la noche,
invenciones áureas, reflejos plateados del sol
aún por el sueño no rendido.
¡Todos, de cualquier forma, amamos
a los cercanos viñedos preñados
de arracimadas ideas, exprimidas
en sangre de vino y olorosa delicia!
El sol habla nada más nacer la tarde
y los alisos beben del río plata,
donde se esconden las ninfas,
sirenas de dulces aguas,
con su ropaje de espadañas.
Me serena la calma,
al descorrer del tiempo,
mis Parrueiros amados,
donde el aire habla y se convierte en viento,
me hacen soñar con la estampa no olvidada
de las mujeres del pueblo,
en mi mente eternizadas
con sus tocados en la cabeza, cántaros de agua
de aquella misteriosa Viola, adorada fuente,
que a los miedos de mis noches
convertía en dulces sueños.
me gustaría escribir esa melodía,
donde la música silenciosa
se convierte en mudas notas en el piano,
alma de la siesta de la tarde,
que penetran con suavidad sedosa
en la expectación acalorada de los humedales,
que luchan contra la sequedad de los estíos,
y se coronan en plateas, en escenarios
y telones con el color de la noche,
invenciones áureas, reflejos plateados del sol
aún por el sueño no rendido.
¡Todos, de cualquier forma, amamos
a los cercanos viñedos preñados
de arracimadas ideas, exprimidas
en sangre de vino y olorosa delicia!
El sol habla nada más nacer la tarde
y los alisos beben del río plata,
donde se esconden las ninfas,
sirenas de dulces aguas,
con su ropaje de espadañas.
Me serena la calma,
al descorrer del tiempo,
mis Parrueiros amados,
donde el aire habla y se convierte en viento,
me hacen soñar con la estampa no olvidada
de las mujeres del pueblo,
en mi mente eternizadas
con sus tocados en la cabeza, cántaros de agua
de aquella misteriosa Viola, adorada fuente,
que a los miedos de mis noches
convertía en dulces sueños.
Cuando se estrella la tarde
se hace la paz en mi pueblo
y la gente baña de sus labores el cansancio
apagando las luces de su trabajo,
encendiendo el luminoso resplandor del descanso,
bebiendo con fruición placentera
del vino de la noche
que poco a poco sus ojos va cerrando.
y la gente baña de sus labores el cansancio
apagando las luces de su trabajo,
encendiendo el luminoso resplandor del descanso,
bebiendo con fruición placentera
del vino de la noche
que poco a poco sus ojos va cerrando.

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