VI
Aquellas estampas de la aldea.
¡Cuánta añoranza!
Me amenazan los recuerdos.
A pesar de todo la era estaba preparada,
seca, bajo el sol ardiente del estío.
Los hombres anhelantes se apoyaban
en las azadas y en los rastrillos.
Gargantas ásperas, doloroso estropajo,
reclamaban tragos frescos, humedad ansiosa
del vino que a oscuras descansaba, oculto,
en el pozo, clínica fría al calor del trabajo.
Sembraban las hora de bromas y sonrisas
sintiéndose inmunes a la agresión del esfuerzo.
Gentes de corazón fuerte, humildes gentes,
estimables, conformistas, puros aldeanos,
buscando sus días felices, transformados
en laboriosos sentimentales, vista al cielo.
Bocas cerradas, tácita competición ruda,
altivos, presumidos por acumulación,
pero nunca por ignominiosa omisión.
Noches de insomnio dejaban sus almas desnudas.
Con demasiada frecuencia, una rural canción,
alegre y triste a la vez, como la paz del día,
ordenaba coros de sus voces sin armonía.
Pero ahuyentaban gafes y “satanes” sin razón.
El sol solía acamarse por detrás del horizonte
y el calor, muerto a borbotones, daba paso
a una ligera brisa, a la sonrisa burlona
de la luna, entera, rostro claro, redonda.
Me amenazan los recuerdos.
A pesar de todo la era estaba preparada,
seca, bajo el sol ardiente del estío.
Los hombres anhelantes se apoyaban
en las azadas y en los rastrillos.
Gargantas ásperas, doloroso estropajo,
reclamaban tragos frescos, humedad ansiosa
del vino que a oscuras descansaba, oculto,
en el pozo, clínica fría al calor del trabajo.
Sembraban las hora de bromas y sonrisas
sintiéndose inmunes a la agresión del esfuerzo.
Gentes de corazón fuerte, humildes gentes,
estimables, conformistas, puros aldeanos,
buscando sus días felices, transformados
en laboriosos sentimentales, vista al cielo.
Bocas cerradas, tácita competición ruda,
altivos, presumidos por acumulación,
pero nunca por ignominiosa omisión.
Noches de insomnio dejaban sus almas desnudas.
Con demasiada frecuencia, una rural canción,
alegre y triste a la vez, como la paz del día,
ordenaba coros de sus voces sin armonía.
Pero ahuyentaban gafes y “satanes” sin razón.
El sol solía acamarse por detrás del horizonte
y el calor, muerto a borbotones, daba paso
a una ligera brisa, a la sonrisa burlona
de la luna, entera, rostro claro, redonda.
En el momento sí, la gente
abandonaba la era
con andar cansino, muy despacio,
en sus mentes hacía planes el descanso,
nunca se sabe, cualquier cosa bella.
Dulces sueños bajaban el telón de la noche
y abrían, pensando, una nueva perspectiva,
marcada por el irrumpir de un nuevo día.
con andar cansino, muy despacio,
en sus mentes hacía planes el descanso,
nunca se sabe, cualquier cosa bella.
Dulces sueños bajaban el telón de la noche
y abrían, pensando, una nueva perspectiva,
marcada por el irrumpir de un nuevo día.

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