LXVIII
Cuando un beso quise que a tu
encuentro fuera
me encerraron a la fuerza, sin
piedad.
Cuando quise acudir a tu llamada a
toda prisa
me multaron sin ninguna
explicación.
Cuando quise coger tu mano y tu
piel acariciar,
sin piedad, a la fuerza me
encerraron.
Cuando quise taponar una herida a
tu ilusión,
sin ninguna explicación, los censores
lo evitaron.
Mas lo que nunca logrará toda panda
de cretinos
será no sufrir más visiones
horrorosas en su alma.
Y te moriste sin que yo pudiera, al
final, despedirte.
Yo, que tanto te quise, no pude
besar tu muerte,
al no saber dónde estabas, ni en
que cruel mentira
te habían sepultado, y pudiste alargar más tu vida.

No hay comentarios:
Publicar un comentario