LXX
De rodillas recorrí tu mirada
y al llegar vi algo de nada,
y al caminar un poco más,
por detrás de tus sentimientos,
de algo solo encontré más nada.
Con el tiempo en tu jardín floreció
la bondad, chica, creciendo,
dudosa.
Me quedé pegado a ella, sin rubor.
Y de rodillas corriste a mis ojos,
y al llegar floreció en mi jardín
una sonrisa, amplia, sin duda vigorosa.
A partir de ese momento esperamos,
y no pudimos evitar que al mirarnos
la bondad y la sonrisa se enamoraran.

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