XVIII
Presiento que nunca pasa nada,
pero cuando el hierro se viste de
gala
el óxido aparece tapando espacios.
Y tus manos no se equivocan
y se bañan en los retazos del
viento,
y al pensar sienten nostalgias
de apretones de dulzura, pues se
aferran
a los botones de tus sentimientos
abrochados con los ojales de mi
alma.
El hierro es mi balcón, pero no
cárcel,
y su vestido rojizo no va a ser
pasto del tiempo,
pero tal vez algún día desaparezca
entre roces, que no caricias, entre
ropaje
quizás de otras telas, más
vistosas, cubierto.
La lluvia no traerá más que húmedo
rocío,
colgado por el envés, en hoja
verde, en equilibrio.
Hace tiempo escamparon tormentas
y la tierra seca se eleva, incienso
hacia la altura,
la hierba se convierte en briznas
amarillentas,
el sol se da cuenta de que sus capilares
agonizan,
y, también sediento,
el suelo le cede un fresco vaso de
viento.

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