XXII
Y aquella niña al mover sus
zapatillas
arrancaba del suelo versos y
destellos,
pentagrama de esplendor y
fantasías.
Su hermana mayor escogía amapolas
entre aromas verdes de hierba
tupida,
colchón mullido con simétrico
diseño.
La música nítida del viento
repicaba
en notas de armonía soñando
caricias,
sin olvidos, y al despabilarse del
sueño,
sesión en mente gravada, virgen cinta,
a través de la hierba vivaz, soltaba
vida.
Se mojaban sus ojos y enjugó su
mirada,
húmeda como el mar cuando sus ondas
alisa, con el silencio del alma y
el placer
de los suspiros, peinando rizos y
brillos.
Se enfriaban copos de vapor, de
repente,
surgidos en esferas de navidad en
nieve.
Trozos de sol pintaban reflejos de
colores
vestidos, en la piscina hacinada
del tiempo,
cuerpos extraños que emergían alrededor
de la luna, plata fundida en la
madrugada.
Noches de amor, aún ni siquiera
iniciadas,
nostalgias de raso que envolvían
turgencias
de primaveras. Dulces oteros bajo
tu cuello.
Y el sol rompía la noche en tantos
pedazos,
siendo horas y minutos, el albor y
claridad.
Aparecían los oscuros que no sentían
miedos
al encenderse, y la tormenta creaba
sombras,
cuando el corazón lavaba con sangre
y nácar
brisas que aceleraban y se crecían
en vientos.

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