XXV
Se aman las nubes, se juntan,
se abrazan, algunas sueltas, todas
en una.
Se refugian en un cielo cubierto,
oscuro, con tintes de tristeza
preñado.
Hace ya tiempo, quizás horas, o
así,
habían desaparecido por no sé dónde
las estrellas sofocando de poco a
nada
su brillo, ahora opaca faz
indefinida,
en lábil luz desacelerada,
retrotraída.
Suavidad de estado, ya hecha la
cama,
será que el día ya se había desperezado,
serenidad, despabilado en su no dormir
recién relegado. Elongación en su calma.
La decencia es alargada como la
línea recta
nerviosamente trazada, sube y baja
sin fin,
y se precipita escurridiza por
cualquier otra
indigna abertura angosta, a toda
prisa, rota.
Acaba siendo sujeto protagonista el
deshonor,
además de los barcos rotos, todos
ellos, unidos
en naufragios de tartamudas
cotorras, plumas
opacas, pálidas, sin color ni
brillantez alguna.

No hay comentarios:
Publicar un comentario