XXXIII
Nunca, que yo recuerde, se enamoró
mi cuerpo,
pero mi alma sí, como los labios de
su cigarrillo,
como el calor y la lumbre, ambos agradándose,
como los bordes del cielo unidos a
su horizonte.
Y cuando el viento besaba mi cara
olvidaba
aromas y sabores que mis poros
abrazaban,
y cuando el oro dios llegaba a ser
mediodía
temblores, cálidos suspiros de
plata, movía
desde mi alma cuando en tus labios
soñaba.

No hay comentarios:
Publicar un comentario