XXXIV
A lomos de la nube blanquecina
quiero surcar aires de confianza,
donde consiga trotar, o al galope
salvar las distancias bajo el
cielo.
Pico con mis espuelas de rojo terciopelo
y no hago sangre, son gotas de
lívida luz,
como lágrimas, convirtiéndose en plata.
Y el viento las lleva en volandas
sin saber
por qué no supieron ser rocío, ni tormenta.
Delicado aterrizaje sobre el suelo,
colchón
de bosque o vergel, de rosas azuladas,
allí:
gozando húmedos matapolvos con
fervor.

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