XXXVI
Esa es la montaña que se derrumba,
esa que construimos con nuestras
manos,
al romperse el arbotante de su
alma,
cuando el aire desata los nudos
aferrados
en las bocas del viento. Parecen
soplos
convertidos en tormenta, nacidos,
creados,
de las estrellas que se van a otra
parte,
de seres que emigran y cabalgan, en
huida
dinámico miedo, temores a dejar la
vida.
Gimen reptiles en el suelo,
mentiras sin voz.
Se enciende, rojo, el dolor en las
heridas,
ahora, vano remedio, las manos nos
lavamos,
y las alimañas se distancian,
desanimadas,
y tú y yo, enmascarados, casi sin
conocernos,
estamos deseando, como antes,
abrazarnos.
Recomenzar la vida y pensar en que
fallamos.
Aunque seas un invisible huracán
amoroso,
sobre templadas caricias risueñas
montado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario