XLVII
No te resignes, erguida tú alma,
pueblo mío,
conduce hacia el cielo el humo gris
plateado
del tácito dinamismo en el respirar
reunido
de tus chimeneas, coro concierto
encendido.
En ti aprendí a caminar descalzo, a
sostener
la ilusión primaveral de la
solidaridad plena
y besar con el esfuerzo el dolor de
la tristeza.
Mitigar penas nacidas por sorpresa,
inquina.
Abrazar el desconsuelo, paliar los
sinsabores.
Adorar la sombra que el sol dibuja
escondido,
sobre cualquier rincón, en
cualquiera esquina.
Soplar como brisa húmeda, delicado
aguacero,
que ondula con levedad olas ligeras
en el alma.
Escuchar por la mañana sinfonías de
jilgueros,
serenatas de amor, cuando el viento
se destapa,
participar del silencio sordo del
sonido, tiempo
donde el beso y la caricia frotan
el alma a solas,
que complacidos sonríen, venciéndose
dormidos.
Idear las palabras, el pensamiento,
ser la mirada
de la lágrima que consuela el brotar
de la pasión,
el feliz andar del día hacia su
amanecer tranquilo.
Abrazar el luminoso bruñido de la
estrella fugada
del dilatado durar de la noche,
viva luz todo brillo.

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