Cuando El Adiós Nos Devuelve
III
La naturaleza busca en el río
su demostración de poderío.
Y el agua fluye mansamente
intentando parar la corriente,
recreándose así en su belleza,
hasta sumergirse en el mar
que hace ondas de su tristeza.
Es muy fácil imaginar cosas,
pues la mente no puede vivir
represada, pero el acceso
a su lugar nacido del alma,
y afín
a posibles realidades, se abre.
Yo quiero seguir soñando aún,
pues todo aquello que soñamos,
no tiene por qué ser la mentira.
Ese desierto no me da miedo,
pero la noche,
sin esa magnífica luna,
es una sombra exagerada
que sobrecoge el corazón en el pecho.
Nunca entenderé porque la belleza
puede causar tanto pavor.
Cuando observo el contraste
de la montaña desnuda,
y el traje de gala con que se viste
el valle, busco en torno mío
la explicación más exacta de que
la belleza no tiene por qué ser
siempre patrimonio, ser propio,
de las cercanías del cielo tan azul.
Fuiste parte de mis recuerdos,
en ti fabriqué ilusiones,
tuve sueños tan reales
que nunca supe discernir
si eras simplemente el cielo
o la tierra en que viví.
Nunca pasarás desapercibida.
Por eso fuiste siempre centro
de mis miradas, cerca de la luna,
escondida entre las sombras
de las nubes que cubren el cielo,
y que intentan bañarse vestidas
en la espuma, vaporosa seda,
de las olas que tapizan el suelo.
El agua se eleva buscando
la claridad del día, que nace
al morir la noche,
en sus horas dormida.
Se despereza el sol y busca
con sus ojos de fuego a la luna,
que se acuesta
entre suspiros de sueño.
Es tan bella la flor que, sin duda,
tiene necesidad de hacerse eterna.
Por eso los recuerdos solo podrán
morir con los pensamientos.
La naturaleza es pensamiento
y desarrolla las varias maneras
de percibir con los ojos del corazón.
.

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