Cuando El Adiós Nos Devuelve
XXXVIII
No evité mirar tus manos
que un día fueron almohada,
bálsamo invisible, caricia abierta,
roce de vientos revueltos
entre un sonido dormido.
Ruido de besos escapados,
disimulos de luz advenida
al alma, fulgor penetrado,
donde la lluvia convirtió el amor
en gota de plata al corazón unida.
Miré tus manos tan vacías
que aterrizaste en mi cara,
justo aquí se frenó mi vida,
cuando encendí mi mirada,
fuiste nada, no así el sueño,
que fue real, y besé tu ausencia
de una forma tan sutil que ardí
en deseos de repetir, y repito,
cada vez que siento tus manos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario